sábado 4 de abril de 2009

La Habana no es de Cristobal

Fotos: Víctor Luís Martín Lloró
Víctor Manuel Martín Lloró
Vidal Pérez Castillo
Magaly Lloró
“Cualquier tiempo pasado fue mejor”, sentencia un refrán que no comparto. Pero tengo que reconocer que antes todo era más sencillo. De niña aprendí que Cuba había sido descubierta por Cristóbal Colón, quien llegó en las tres carabelas, La Pinta, La Niña y la Santa María, el 27 de Octubre de 1492. Siendo él un hombre curtido por la dura vida marina, quedó tan deslumbrado ante la belleza inconmensurable del paisaje, que escribió en su bitácora “Esta es la tierra más hermosa que ojos humanos hayan visto nunca”. Explicaba mi maestra que de no haber sido por el Descubrimiento de América, hubiésemos seguido por mucho tiempo descalzos y en taparrabos, ocupados únicamente en tumbar cocos, lo cual no me pareció desagradable y entonces entendí eso de “Más vale malo conocido, que bueno por conocer”. Después el asunto se complicó. Concluí que a partir de que Rodrigo de Triana gritó “¡Tierra!” frente a las playas de Bariay, en la costa norte oriental de Cuba, comenzó el más brutal genocidio que conoce la humanidad. En mi mente infantil responsabilicé completamente a Colón, por aquello de “Donde manda capitán no manda marinero”.
Como “Camarón que se duerme, se lo lleva la corriente”, continuaron mis años de instrucción escolar y el tema del “¿Genovés?” recurría en la asignatura de Historia, cumpliéndose aquello de “Al que no quiere caldo, le dan tres tazas”. Conocí que el 16 de noviembre de 1519, bajo la majestuosa Ceiba que todavía hoy da sombra en el Templete, un tocayo del Gran Almirante, presta su nombre a la fundación de la Villa de San Cristóbal de La Habana. De la misma forma que “Todos los caminos conducen a Roma”, todos los barcos recalaban en el Puerto de Carenas. Con la llegada incesante de las flotas, el poblado creció rápidamente a la orilla de la abrigada bahía. Como “No todo lo que brilla es oro”, de las naves descendían toscos marineros, bandidos y aventureros de toda laya a disfrutar de la “hospitalidad” de las negras, hacer contrabando, beber aguardiente y deleitarse con los famosos habanos. La estratégica situación geográfica, un clima benigno y las fabulosas fortunas amasadas de la noche a la mañana, hicieron de esta posesión y especialmente de La Habana, -como sencilla y finalmente se le llamó a la villa y al puerto-, un botín muy apetecido. Teniendo en cuenta que “Mas vale precaver, que tener que lamentar”, pronto hubo que amurallar y fortificar la ciudad, para protegerla del flagelo de corsarios y piratas. En 1539 quedó terminado el Castillo de la Real Fuerza que por 200 años fue la residencia de los Capitanes Generales, considerado la más antigua fortaleza española en el Nuevo Mundo, sobre cuyo campanario, mira hacia el mar, con ojos ya cegados por los siglos, La Giraldilla.
Este símbolo de la ciudad, obra de Jerónimo Martínez Pinzón, es una veleta, que sostiene en su mano derecha una palma de la que sólo conserva el tronco, y en su izquierda un asta, con la Cruz de Calatrava, orden a la que pertenecía el gobernador Juan de Vitrian y Viamontes, quien ordenó el trabajo al artista. En su pecho aparece un medallón con el nombre del autor y tiene la falda recogida sobre su muslo derecho. Puesta en su pedestal en 1634, son muchas las versiones sobre la fuente de inspiración del maestro. Unos dicen que es la cara de una aborigen, tema muy poco utilizado entonces. Otros afirman que Pinzón quiso inmortalizar la bella y trágica historia de amor que vivieron cien años atrás, Isabel de Bobadilla y Fernando de Soto.
Cuenta la leyenda que por su méritos en campañas anteriores para la corona Española, Carlos I, Rey de las Españas, nombró a Soto, Capitán General de Cuba y Adelantado de La Florida en 1538 (“Cría fama y acuéstate a dormir”). Don Hernando, siendo un hombre por los cuarenta, llego acompañado a la Gran Isla por su casi adolescente esposa Doña Isabel. Sin perder tiempo, zarpó de Cuba a la Florida. Su misión era consolidar el poder de La Corona en esas tierras que en 1513 había descubierto Juan Ponce de León. Está confirmado que la verdadera motivación de ambos conquistadores, era encontrar la mítica Fuente de la Juventud, en cuyo empeño Ponce había perdido la vida. Como “Nadie escarmienta por cabeza ajena”, Soto que anhelaba profundamente rejuvenecerse para agradar a su amada, también murió en 1542 de una extraña fiebre, cerca del río Mississippi. Durante todos esos años e incluso después del regreso de los sobrevivientes de la expedición, Isabel que había quedado de gobernadora, pasaba largas horas en la atalaya de la fortaleza, con la esperanza de avistar un navío le trajera de vuelta a su amor. Su tristeza la hizo languidecer y poco tiempo después murió. Fueron muchos los que vieron aparecer su espectro en la atalaya, hasta que un siglo después, situaron la estatua, dentro de la cual afirman, se instaló su atormentado espíritu. Y “Cuando el río suena es porque algo trae”.
Como “No hay nada mejor que un día detrás de otro”, desde entonces La Giraldilla es testigo del devenir diario. Desde su altura, ha presenciado con gesto arrogante, la Toma de La Habana por los Ingleses, la Voladura del Maine y las recurrentes llegadas del Marqués de Comillas. Sufrió el azote del Ciclón del 26 que la arrancó de su pedestal, pero le dió “Al mal tiempo buena cara” . Escuchó el llanto de los judíos desesperados del San Luís, cuando se les negó el permiso para desembarcar. Ha visto días de sol en los muelles y amaneceres bohemios en el Malecón porque “Al que madruga Dios lo ayuda”. Impávida asistió a carnavales, inundaciones, revueltas. Conoció a Martí, a Cirilo, La Macorina, Yarini, siendo ya habanera de pura cepa, pues “Dime con quien andas y te diré quien eres”. Ha visto entrar a la bahía los barcos de Europa Socialista de nombres impronunciables, sorteando las Lanchas de Regla y Casablanca y ha despedido triste a los balseros del éxodo del 95. Cuando como yo, se ha cruzado el interesante hito de los cincuenta “Mas sabe el diablo por viejo, que por diablo”. Ahora conozco que el Gran Almirante no era tan grande “A otro perro con ese hueso” y lo que amablemente se ha dado por llamar “El Encuentro de las Dos Culturas” fue un desastre histórico, que impulsó a la Europa Feudal al capitalismo mientras establecía en América la esclavitud, -“En casa del herrero, cuchillo de palo”-, con la bendición de la Iglesia Católica que “A Dios rogando y con el mazo dando”.
Soy producto de una mezcla de razas que se llama “cubanos”. A nosotros no nos caracteriza la modestia, -“Cada loco con su tema”-. Por eso, coincido con Colón, a pesar de que “Perro no come perro”, en que mi adorada patria, es la más bella creación de Dios y al igual que Isabel de Bobadilla, soy una optimista incorregible debido a que “Después de la tempestad viene la calma”. Estoy segura que La Giraldilla sabe que si La Habana pertenece a alguien, no es a ningún Cristóbal sino a Habaguanex, el valiente cacique que opuso fiera resistencia a los colonizadores y a quien debe su nombre. Ella está absolutamente convencida de que la ciudad tiene por delante tiempos de esplendor, felicidad y gloria porque “Siempre que llueve, Escampa”.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

MAGGY Y BIEN QUE LO PONES, LA HABANA NO ES DE CRISTOBAL, LA HABANA ES DE LOS CUBANOS, PUES AUNQUE ESTEN FUERA DE ELLA, ELLA ESTA DENTRO DE TODOS, TRANQUILA MOTA.

Anónimo dijo...

Bueno no es de Cristóbal y desgraciadamente tampoco es nuestra que la abandonamos hace tiempo pero ella sigue ahí, con el aspecto de una viejita cansada pero con mucho camino que andar todavía. Agradecida por este artículo tan inteligente como divertido querida compatriota. Te felicito de corazón